CARTA PARA UNA DAMA IMPOSIBLE (I)
Amiga mía.
Precisar cuándo fue la primera vez que te vi sería dificil, los recuerdos en mi cabeza son confusos, como siempre, pero hoy quiero intentar rememomarlos de una manera algo desgarbada.
Fue un día de agosto, hacía pocos día había sido mi cumpleaños, bajaba del segundo piso del edificio y pasé frente a tu oficina; la conocía bien, yo había trabajado algunos meses ahí. Cureoseaba con la vista mientras caminaba como quien se asegura que todo ande bien. Y allí estabas tú, con esa mirada seria que se traslucia por tus gafas, espectante, cautelosa y por un breve instante hasta algo pícara. "Mmm... algunas caras nuevas"-pensé. Tenía hambre y salí a la calle a comer algo.
Último día de mes, había un error en mi cheque y debía hablar con el tesorero de la compañía. Al entrar a la sala de espera me di cuenta que no era el único con ese problema, tú y una de tus compañeras estaban sentadas esperando. Me puse a leer algo, mientras notaba que hablabas con la señora de la limpieza quien se quejaba de tener también un problema con su cheque, tú le decías que quien le podría ayudar era alguien de la oficina de informática y me señalaste.
La señora se me acerca, me muestra su cheque y efectivamnete alguien de mi oficina había cometido un error con sus datos, anoté su nombre y prometí ayudarle.Tomo aire como quien toma algo de valor, pongo rostro de duda y les digo "¿ustedes estan en la oficina de abastecimientos?", me responden que sí y contra mi acostumbrada taciturnidad comenzamos a charlar. Me doy cuenta de que te gusta conversar mientras obsevo aquel leve color carmín que adorna tus mejillas, tu piel clara y esos ojos pardos que siempre tienen un brillo singular.
Se abre la puerta del tesorero y yo entro. Resuelvo mi asunto y salgo. Le doy una última mirada a mi cheque y escucho como dices: "lo que pasa es que él no tiene consideración ni valores", levanto la vista y me doy cuenta que había entrado antes que ustedes que habían llegado temprano, tu delgada figura pasa a mi lado y me quedo sin palabras.
Has entrado a la oficina y yo me siento a explicarle la situación a tu amiga, ella comprende que ha sido sin querer, su rostro entristrece de pronto, tú vuelves y ella entra. Ensayo una disculpa, pero me dices que no hay disculpa que valga. En situaciones normales esto me hubiera paralizado, pero ese travieso brillo en tus ojos me decía que estabas bromeando y que siguiera hablando. Ese día terminamos saliendo del edificio riendo.
Hoy he desayunado sólo leche, pan y algunas pasas; no he ido a la cafetería en la que siempre sueles encontrarme con la mirada perdida tomando una taza de café. Hoy no has agitado tu mano delante de mis ojos para decirme "¡despierta, chico distraído!". Hoy no he sonreído al escuchar tu voz. Y sabes... odio admitir que te extraño.
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